“El Camino finaliza en la tumba del Apóstol Santiago, en la
Catedral de Santiago de Compostela, sin embargo el comienzo se encuentra en la
casa de cada uno!”
Corría el año 813 cuando el obispo de Iria Flavia,
Teodomiro, descubrió el sepulcro del Apóstol Santiago el Mayor y sus
discípulos. El rey leonés Alfonso II el Castro pelegrina desde Oviedo a
contemplar la recién descubierta tumba, convirtiéndose así en el primer
peregrino jacobeo.
Él atravesó la cadena montañosa de la Cordillera Cantábrica,
diseñando el Camino Primitivo mientras a sus súbditos peregrinos se debe el
Camino de la Costa, pues no tardaron en darse cuenta que, siguiendo el litoral
cantábrico, el trayecto era mucho menos duro.
El reino astur se iba extendiendo y con él se difunde la
noticia del descubrimiento del sepulcro; las peregrinaciones aumentan y tienen
que desarrollarse por el litoral, al abrigo de la peligrosas tierras del sur
ocupadas por los árabes. El Camino se hace finalmente completo gracias a la
entrada por Irún de peregrinos de la Europa continental o por vía marítima, en
los puertos vascos, cántabros o asturianos.
A medida que avanzó hacia el sur la reconquista, el Camino
del Norte fue casi reemplazado por el Camino Francés, algo más sencillo y
acondicionado por los reyes navarros y castellanos, conscientes de su
importancia.
A pesar de haber cedido protagonismo durante siglos, el auge
del caminar a Santiago le ha devuelto su estatus como ruta y comienza a ser de
nuevo muy popular.
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